Discusiones con Manuel (inconcluso)

Discusiones con Manuel (inconcluso)

Tras casi un cuarto de hora enojada por sentirse rechazada por Manuel, se dejó llevar por las lágrimas y comenzó a respirar agitadamente al ritmo del llanto, doblando en diez el único pañuelito a mano que tenía para secar todo lo que conlleva llorar. <<Idiota Manuel, siempre arruinándolo todo>>, pensó. Estaba cansada de gritar y patalear en la cocina, y le generaba vergüenza ajena de sólo pensar si alguien del departamento la había escuchado, porque casi siempre era a ella a la que tachaban de susceptible, y es verdad, es muy susceptible, pero eso no significaba que cada tanto -y justo cuando patalea y llora- sea cuando más tiene razón. Las injusticias la descolocan.

Las discusiones con Manuel eran absurdas pero irritantes, podía empezar con un mal gesto que él decía haber detectado en la cara de su compañera, o tal vez alguna acción que le pareció hecha a propósito para desatar su enojo (lo que hacía que la fiera no tenga freno, porque no toleraba que se la acusase de cosas que, si bien en otras situaciones estaría orgullosa, no eran su intención) o simplemente una tontería que debía durar menos de lo que dura la explicación de un chiste, y que por embalados no iban a parar hasta que alguno se saliera de sus casillas y se debiera calmar al otro con frases como: No era para tanto, No entiendo cuál es el problema, A veces siento que estás loca, Cada día te tolero menos, y otras más que serían un buen causal de asesinato. Lo irónico era verlos pelear por no querer tener la culpa para que por dentro se la echaran a sí mismos. Pero aquel día fue distinto.

Habían terminado de almorzar las sobras de la noche anterior, ella tenía más hambre que Manuel y se reía al sentirse una glotona porque hace unos días (se) había prometido empezar un régimen para adelgazar aquellos kilos que molestaban a su reflejo; aunque mucha importancia no le daba a lo superficial se quería sentir bien por y para él, Manuel siempre dueño de sus emociones, el ojo y la mente que avala su comportamiento, su cuerpo y sus acciones.

-Hoy tengo más hambre que de costumbre, Manú- pronunció como si fuera una nena mientras le sonreía, buscando indirectamente que le regale su última porción de tarta.

Manuel ese día no estaba del todo allí, perdido entre sus pensamientos le regaló su última porción (¡lo logramos!) y siguió mirando en el diario algo más sobre el partido del domingo. Dando paso a la siguiente hoja, sintió ganas de estar lejos de todo, como si en el diario pudiese llegar a comprender un sentimiento existencialista que hacía días lo venía sofocando. Prendió la radio también, y se sumergió en una soledad introvertida que le negaba paso a cualquiera, acomodándose en el sillón tiró el diario a un costado y cerró los ojos. Ahora menos que menos necesitaba la voz chillona de ella, contándole situaciones insignificantes que le daba felicidad por sólo ser escuchada por él, y sus gestos -muy bien ensayados- de interés. Pobrecita, tan insignificante y charlatana.

-¿Me estás escuchando?… ¡Manú!- gritó dolida

-Tranquila, por Dios… estaba pensando en otra cosa, nada más- dijo Manuel con desapego, se levantó del sillón y fue hacia la habitación dejando sin lugar a cualquier tipo de respuesta.

Necesitaba estar tranquilo, y lastimosamente ella lo estaba empezando a irritar. La escuchaba desde la habitación como susurraba enojada por sentirse ignorada, y se echó a reír. Le parecía cómica la facilidad con la que podía cambiarle el ánimo, aunque también se reía para distraer su aburrimiento… no quería lastimarla con la verdad, pero hace rato las cosas no venían bien, o al menos así lo sentía. Se recostó a mirar el techo y entre formas en la madera empezó a recordar como la había conocido.

Ella todavía cursaba su último año de secundario, él un poco más grande, emprendía el viaje universitario con una carrera que dejaba huellas en el rostro,pequeñas manchas marrones alrededor de los ojos irritados de las lecturas nocturnas y los trabajos de madrugada. Se conocieron por casualidad por amigos de unos amigos, aunque en realidad ella lo tenía de vista por cuenta propia (intuición de una chica sensible y amorosa).

Los primeros meses fueron un regalo que Manuel no esperaba, la salvación a una soledad con derecho de piso y una soltería que le llevaría tiempo despedir. Se sentía pleno, algo de ella lo llenaba a tal punto que se obligaba a estar con otras mujeres (futuros arrepentimientos) para no sentirse tan idiota e ilusionado. Pasaron años para que se descubriera durmiendo más de la cuenta con ella tan cerca de su cuerpo, babeando una misma almohada, en una posición incómoda para los que no se aman pero el ensamble perfecto para el idiota de Manuel. Colmados de planes, desde el próximo viaje de verano hasta el nombre del tercer hijo, una visita en stand by a un amigo de Lanús y varias entradas de cine que llenaban una caja de recuerdos. <<Qué épocas Manú>>, creyó oír con su voz.

-¿Otra vez estás pensando en otra cosa?- le dijo desde la puerta entreabierta, y lo distrajo de semejante mar de recuerdos

-Sí… creo que necesito que hablemos, no me siento bien, estoy sintiéndome extraño, necesito estar…

-Sin mi.- terminó la frase- lo sé, hace meses que estás “metido en tus cosas” y no te das cuenta que me lastimas, siempre mirando al techo como recordando vaya a saber qué aventuras que ya no tenes conmigo, y lo sé porque te miro, entiendo esos ojos de nostálgico… está bien Manú, hoy mismo me voy de casa, me invitó Eugenia a pasar el fin de semana, se peleó con Esteban y bueno… de paso, ya sabes- salió rápido de la habitación para que no viera como le caían las lágrimas (como siempre) con ese hipo prematuro del llanto bien llorado.

No tuvo tiempo ni de contestar si estaba de acuerdo con semejante decisión, tenía ganas de romper algo (como siempre) porque sabía que necesitaba terminar con su reflexión sobre lo que pensaba pero ya el hecho de que ella creyera saber todo lo que pasaba por su mente funcionaba de estresor. Puteó y le gritó que viniera de nuevo a la habitación. Le gritó tres veces hasta patear la puerta del armario, y comprendió que en todo ese tiempo que él miraba las formas en la madera del techo, ella ya estaba preparando el bolso, y es más, desde que empezaron a almorzar ya sabía que lo iba a dejar puteando solo en la casa, pateando el armario con ganas de gritarle en la cara para después sentirse culpable de su ira -de nuevo las acusaciones (como siempre)-

Escuchó a Manuel desde la habitación gritando, y salió corriendo con apenas un abrigo que agarró del perchero de la entrada, no quería ser partícipe otra vez de su enojo, ni tampoco quería descolocarse y terminar siendo quien revolee lo primero que encuentra (como siempre). La visita a Eugenia era mentira y tenía que improvisar en dónde pasaría la noche, porque sabía que tampoco para ella las cosas venían bien.

Empezó a caminar más lento cuando se alejó al menos veinte cuadras del departamento, y vió rebotar una piedrita que alguien al pasar empujó… se distrajo pateándola, y recordó como se conocieron con Manuel.

Él mas grande, estaba en sus primeros años de universidad por lo que verse era cosas de pocos días, además todavía daba explicaciones en su casa ya que su madre había impuesto muy bien que hasta que ella no terminase la secundaria su deber era estudiar y lo que dicen los padres de adolescentes. Conocer a Manuel fue difícil, al principio sentía que no se abría a ella, para colmo algún amor pasado todavía daba vueltas en su vida y eso hacía que no estuviese convencida si realmente quería dejarse llevar por esa amistad confusa que pactaron, aunque una intuición la llevaba siempre a su compañía.

Pasaron algunos años para que se encontraran con planes de viajes para conocer el mundo, almuerzos de sábado con la familia de Manú, noches de bares inesperadas, y una caja de recuerdos llena de tickets de recitales que compartieron alguna vez. Dormían casi todas las noches en millares de posiciones incómodas para los que no se aman, pero el ensamble perfecto para la sensible de…

Manuel estaba devastado, la quería de nuevo saltando en la cocina, jugando con las burbujas que el detergente largaba al apretarlo, quería pedirle perdón, decirle que esta vez fue su culpa y que ella no lo estaba molestando… dormir en posiciones incomodas para los que… planear algún viaje… el del tercer hijo… Lanús. Ya estaba atardeciendo y entendió que ésta vez era distinto, que no volvería a sus brazos a llorarle que no la quiere para terminar doblemente convencida de su amor, tenía miedo de lo que le pase porque era como una nena chiquita, aunque él se sentía indefenso, diminuto, su existencia era demasiado liviana y nunca se lo había dicho, pero también le tenía miedo a la oscuridad.

Sin noticias de Manuel, pagó la noche en un hotel estrenando la tarjeta que tenían para casos especiales, y ésta vez era especial, entendió que quizás era mejor así, sin volver a llorarle a sus brazos porque era eso lo que le molestaba, sabía que también debía madurar un poco más porque Manú se irritaba cuando cantaba mientras lavaba los platos o jugaba con las burbujas del detergente… no podía dejar de ser una nena tonta para algunas cosas, y es que así había crecido, tan madura para todo y tan chiquilina para el amor, y para colmo, le daba miedo la oscuridad.

 ***

 

 

 

Viento

Viento

No estaba seguro si hacerlo, pero el hecho de pensarlo lo cautivaba. Ni siquiera sabía porqué estaba ahí, con una nota en la mano (cita de un libro que amaba, escrita a mano, mojada con jugo), pero el hecho de estar lo seducía.

Lo seducía como quien es seducido por la vida misma, por el gusto a intriga, por el desazón de sentir que a cada paso que das más lejos está ese ideal que bien al cuete uno se marca como guía. <<Cuando tenga hijos le voy a decir que no piensen en lo que quieren ser, tienen que ser en el puro acto… El futuro es una nube>>, pensó alguna vez. El futuro es una nube.

Habían pasado unos meses que la facultad, la gloriosa carrera que ni siquiera sabía qué tan gloriosa era, lo agobiaba. Como era normal decepcionarse de ciertos sentimientos que las personas describen como único, indescriptible, satisfacción súmmum de la razón de ser de la vida; temía de sólo tantear que, al parecer, el título era un papel más que sólo hacía feliz a quien le gustaran los papeles, y esas cosas de pared para colgar… y que otros miren, otros lean, vean tu firma en un papel que avala que estudiaste como un desgraciado, para una satisfacción que nadie te quita (o eso dicen), y morir en un aval ajeno, siempre ajeno. Lo avala la ciencia, lo avala la religion, lo avalan tus padres, lo avala la que lo tiró, che. Lo agobiaba al sentirse lejos, de casa, de los abuelos, del amor, de las peleas con su hermana, de la chancleta de papá.

Dolía más que mamá no estuviera en casa, que la chancleta de papá, dolía más que no lo entendieran, que la chancleta de papá, dolía más sentir lejana la chancleta, que etcétera.

Estaba con que la facultad, y lagrimones le interrumpen.

En pleno hastío con su vida, en una nebulosa de oportunidades que no era capaz de agarrar ni una (ni dos, porque ni una, ni tres porque ni una ni dos…), y con el brazo revoloteaba entre su existencia, y tampoco ni una. <<Y pensar que era tan bueno agarrando la sortija en la calesita>>, suspiró.

No estaba perdido, no necesitaba alguien que le dijera por donde caminar o soñar o buscar la sortija; necesitaba librarse de lo triste de existir pensando tanto, y para nada. De chico quería ser científico, jugaba con sus primos a experimentos , juego que por supuesto daba intriga de sólo nombrar, cómo se jugará. Científico frustrado, maestro frustrado, escritor frustrado, sobre todo un joven frustrado [(cómo es posible frustrarse tan rápido) pero es que dicen que en la vida para todo hay edad, y sentía que la edad de todo ya debería estar en su cima, y sin embargo él tan escalador empedernido en morir en el viaje]. Pensar tanto para nada, si al menos hubiese podido ser científico. Puteó otra vez.

Entonces eran las seis de la tarde y un atardecer que te pega nostálgico en la cara, el viento sopla apenas y parece que alguien estaría esperando a otro alguien con un biscochuelo de vainilla (mi abuela hacía de naranja). Fácil distraerse con el ladrido de un cachorro que enternece como si fuese la primera vez que vemos uno, que nos toca aquel órgano que imagina acolchonado -¿A veces no te dan ganas de volver a sentir las primeras veces?-, creo que sonríe pero está decidido, pareciera que todo se pone suave, una despedida espléndida, cálida, -Si, me encantaría volver a esa primera vez.. El primer regalo, el primer amor, la primer idea fantástica que no era tan fantástica pero aún así era la primera, la primera ganada en las cartas, la felicidad de la merienda con churros rellenos… Ay, las primeras veces-.

Subió las escaleras y el corazón palpitaba como nunca (aunque siempre palpitaba, pero jamás nos tomamos el tiempito de escuchar lo que demanda, de volver a intentar descifrar qué palabra dice, qué nombre, y casi siempre decía lo que queríamos que dijera, el ritmo acompañaba nuestro deseo; vaya rito infantil y necesario). En el bolsillo llevaba un papel ya viejo, con el que había limpiado el jugo que volcó en el pupitre, en esa clase de Historia  cuando Eugenia le contó, y escupió, qué graciosa Eugenia.

Sacó la lapicera de siempre, su preferida, y antes de dar paso al paso, valga la muy bien utilizada redundancia, escribió:

Estar vivo parece siempre el precio de algo

No estaba seguro si hacerlo, pero el hecho de pensarlo, de sentir aquella adrenalina, aquel dejarse ir, lo seducía.

Creo que dió dos o tres pasos más… Y viento.

Ay, Lucas (Primera parte)

Ay, Lucas (Primera parte)

-Creo que no me estás entendiendo, desde el otro día vengo explicandote lo difícil que se me hace ser feliz mientras vos mirás por la ventana sin responder mis reclamos, y yo como una tarada intentando sacarte más de dos palabras, ¿Y encima me miras así, Lucas?

-Tenes razón, no te entiendo. Y tampoco creo que mereces que te entienda, porque si te parece banal que mire por la ventana no haces más que dejar en claro el poco sentimiento de empatía que puede haber en vos, y está bien, cuando me enamoré firmé ese contrato tácito con la vida de aceptarte con tus defectos. A vos te faltó poner la firma parece.

-No te hagas el gracioso, yo más que nadie te entiende y respeta, pero hace semanas que estás sentado ahí al lado de la estufa, mirando a través de esos vidrios empañados como buscando la respuesta a anda a saber qué, ¿y sabes qué? La respuesta está siempre en otro lado.

-En vos no creo

-Sos un tonto. ¿Por qué no salís de esa silla y venís? Hay té en la cocina y quedaron algunos bizcochos, dale.

-Primero me pedías que te hable, que responda a tu palabrerío de nenita lastimada. Ahora que te cumplo el capricho queres que vaya a tomar té, ¿en algún momento te paras a disfrutar?

-No sé que esperabas, era obvio que una vez que me contestabas no iba a parar hasta sacarte de ahí. Ya te está haciendo mal, y sabemos los dos que no va a pasar lo que esperas

-¿Qué sabes vos de lo que yo espero, si apenas logras entender el porqué estoy acá? Dejame solo, no quiero té, ni bizcochos, ni a vos te quiero, y mira que te quiero mucho…

-Me haces mal, Lucas.

-Andate, por favor, no quiero ignorarte cuando empieces a llorar

La escuchó llorar en la cocina, y si bien quería consolarla calmate Vani, no quise decir eso, no podía salir de su lugar de vigía obsesionado, su cuerpo rechazaba esa acción y la culpa le incomodaba porque Vanina moqueaba y él tenía pañuelitos en los bolsillos (acostumbrado ya a sus llantos, porque ella tan sensible a todo, y sobre todo a las palabras de Lucas. Lucas insensible, Lucas salvador, Lucas, siempre Lucas).

Si mal no recuerdo fue un sábado, mientras entre sábanas Lucas y Vanina se encontraban en sus juegos, cayendo en el instinto y los calores. Había sido un ruido o el aura de, pero algo los distrajo de sus propósitos.
No tardaron en verificar llaves, ventanas, baños, y todo se veía en condiciones para volver a lo suyo -que desde ese momento iba a dejar se ser solo cosas de dos-

Vanina, asustadiza de profesión, se metió a la cama y se tapó hasta la cabeza con la frazada. Lucas, también asustadizo pero sobre todo precavido, quiso ir a ver que realmente podrían seguir tranquilos. Ay, Lucas.

-¡Ay, Lucas, no me dejes sola, volvé!- gritó Vanina debajo del acolchado

-Calmate, Vani, no pasa nada- intentó calmarla Lucas.

Los pasillos estaban totalmente a oscuras, pero la idea de Lucas era seguir en visión nocturna, no se le pasó jamás por la mente la idea de prender la luz, no sea cosa de encontrar algo fuera de lugar, porque era conciente del grito que iba a pegar, el llanto de vanina ante el susto, y quería evitar el drama, el paro cardíaco, etcétera.

Ni bien puso el pie en el primer escalón, un escalofrío lo gobernó y quiso retroceder, pero no pudo. Primer indicio.

Segundo escalón, y la necesidad de seguir hasta el final, realmente ya no le importaba la seguridad, dejar tranquila a Vanina o despojarse de la idea que podría estar alguien, sólo quería seguir hasta donde no sabía, para observar aquello que era tan imperceptible y aún recorría la casa, o los alrededores -porque tampoco podría ubicar aquello-

Vanina había llorado del miedo -como de costumbre frente al miedo-, y así se quedó dormida, que era su defensa mas efectiva a todo lo que le hacía mal. Despertó al siguiente día sola, extrañando sentir la piel de Lucas que hace tantos años la acompañaba en sus mañanas. Casi vuelve a llorar.

Fue corriendo a la cocina para reclamarle, pero no fue necesario, lo encontró mirando por la ventana en el living con los ojos pidiendo tregua, y ojeras pintadas. Ay, Lucas.

Despedida

Despedida

La dificultosa tarea de recordarte una vez más

aún construye un féretro en mi ser:

¿Quién podrá despojarte de donde perteneces?

Si todavía te espero en el ocaso.

La lluvia condena mi esperanza de olvidar

reinciden las ganas de volverte materia

sintiendo el tiempo y su opresión

para aceptar la huída de donde fuiste parte.

Antelando tu respuesta, ya vacía de emoción

me preparo serena para tu emboscada

te espero sentada en el párrafo preferido

de aquella novela que cierta vez recitabas.

Sala de espera

Sala de espera

Difícil es esconderse en una sala de espera, y yo que creía que matemática, que la vida, que aprender a nadar; por primera vez hubiese querido el famoso tragame tierra, pero esas expresiones eran de película o de alguna serie mediocre, y para ser honesto, jamás me pareció una expresión inteligente porque me molesta el uso de metáforas para cuestiones tan simples que le caben a un me quiero ir a mi casa.

En el medio de toda sala, infaltable, el pilón de revistas que jamás en mi vida toqué por proclamarlas regaderos de imbéciles, pero que nunca imaginé que también eran excelentes para taparse la cara dando la impresión de miope sin anteojos, aunque lo era, pero no tiene importancia mi miopía en esta situación porque tampoco me interesaba saber si las lolas de aquella rubia eran naturales o se los pagó su nuevo marido multimillonario, en fin.

Con las lolas de la rubia en mi cara me hice cristiano y recé dos Padre Nuestro, inconclusos por supuesto, porque después de la parte que santificado sea tu nombre terminaba mezclando el himno nacional y el feliz cumpleaños. Yo esquivando la mirada de cuatro ojos maldiciéndome por no haber ido a misa cuando mi mamá me dijo que sea buen chico, y que al que madruga y esas cosas.

Suficiente tortura es esperar al dentista, pero esos dos eran mi dolor de muela, necesitaba que los llamen primero para que no escuchen mi apellido, para que no me esperen a la salida cuando yo no pueda defenderme, babee, y en el intento de mandarlos a donde se merecen se me caiga la gaza y sangre. Malditos dentistas, siempre tuve cierta pica con ese aire de sonrisas perfectas que gozaban vernos tan indefensos a sus ruidos, a los taladros de dientes y a sus preguntas en el momento menos indicado. “Preguntas en el momento menos indicado”, vaya analogía de mi vida.

Ya había pasado bastante de la última vez que nos habíamos visto, no entendía porqué tenía que andar escondiéndome detrás de una revista de chimentos si en definitiva los que estaban en falta fueron ellos. El auto-convencimiento me llevó a grandes decisiones, no habría razón para que esta vez muestre su lado contraproducente.

Levanté de a poco la revista como quien sube el telón para el tan esperado show. Comencé viendo mis zapatos preparándome para el gran encuentro de miradas con Marcela y Sebastián. Más que nada el expectante era Sebastián, olía su goce al verme hacer el rídiculo por él, y sólo por él, porque Marcela era tiempo pasado, pero él me debía algo más que tiempo.

Clavé mis ojos en el rostro pálido de Sebastián, era una mirada invasiva, estaba buscando la guerra, pero para mi gran sorpresa estaba ocupado acariciándole el pelo a Marcela en una suerte de escena romántica que, al igual que las revistas de la sala de espera, poco me interesaba ser parte. Respiré. Dios me escuchó. No me vieron. Era momento para retirarme a tiempo. Agarré mi campera con un movimiento lento y calmo como si cualquier pisada en falso fuese a despertar a una manada de leones hambrientos. Todo listo. Campera en mano, la salida a mi izquierda.

-¡Ramirez, Juan Andrés!- gritó la asistente del doctor

-Juan, dios mío, ¡tanto tiempo!- dijo Marcela

Realmente Dios mío.

-Marce, querida, ¿qué hacés? No los había visto, ¿dónde estaban?- dije con una muy mala forma de disimular.

-Ay no te incomodes Juan, estábamos en frente, dudábamos que fueras vos al principio cuando vimos que mirabas tan atento la nota de la rubia y sus grandes pechos, pero se ve que en la vida hasta los más racionales son débiles al bochorno de la tele y sus variantes- afirmó Sebastián con una soberbia que, no solo rozaba, sino que abrazaba lo fanfarrón intelectual.

-¡Ramirez, Juan Andrés- repitió la asistente del doctor.

Me reí con enojo.

-Acá señorita, soy yo- contesté

Entré al consultorio sacando humo por la nariz, y decidí calmarme por el bien de todos. Y porque realmente esta muela me estaba jodiendo la existencia.